Un ojo cerrado al pestañear.
Una sospecha.
Su rostro siempre será tu nostalgia.
RT

Cajas
Lo diría una indígena y tendría razón.
"Ustedes tienen la vida organizada en cajas.
Nacen y les dejan en una cajita,
su casa es una caja, y las habitaciones
son cajas más pequeñas.
Suben a la casa en una caja,
bajan a la calle en una caja.
Viajan en una caja.
Duermen y hacen el amor sobre una caja.
A través de una caja ven el mundo.
Cambian de casa: lo meten todo en cajas.
Y cuando mueren
les introducen también en una caja.
Los Bancos y las Cajas tienen caja,
los establecimientos tienen y hacen caja."
Todo está hecho para que encajemos.
Nos encajan la vida.
Algunos no encajamos, y nos desencajamos.
Ángel Guinda

Todavía, después de algunos años, siento este sentimiento que es difícil de compartir, no por un hermetismo sino por una imposibilidad de expresar que lo se siente.Aquellos días de ilusiones, de entrega, de amor por los demás, de angustias por estar a la altura de la enmienda.
Sueños que día a día marcaban el alma, el espíritu. Sueños que irradiaban alegría.
Simplicidad en la realidad, complejidad en la lucha por mantenerla así.
Rosarios, meditaciones, misas, estudios, deporte, toda una vida.
Arrepentimiento de dejar esa vida? No creo, lo dudo; Nostalgia sería lo adecuado, un extrañar algo que sabes no podrás volver a tener;
No me deja pasar el guardia.
He traspasado el límite de edad.
Provengo de un país que ya no existe.
Mis papeles no están en orden.
Me falta un sello.
Necesito otra firma.
No hablo el idioma.
No tengo cuenta en el banco.
Reprobé el examen de admisión.
Cancelaron mi puesto en la gran fábrica.
Me desemplearon hoy y para siempre.
Carezco por completo de influencias.
Llevo aquí en este mundo largo tiempo.
Y nuestros amos dicen que ya es hora
de callarme y hundirme en la basura.
Quisiera ser tu predilecta almohada
Silvina Ocampo
Quisiera ser tu predilecta almohada
donde de noche apoyas tus orejas
para ser tu secreto y ser las rejas
de tu sueño: dormida o desvelada
ser tu puerta, tu luz cuando te alejas,
alguien que no trató de ser amada.
Huir de la ansiedad que está en mis quejas,
poder a veces ser lo que soy, nada,
no tener nunca miedo de perderte
con variación y honda infidelidad,
jamás llegar por nada a concederte
la tediosa y vulgar fidelidad
de los abandonados que prefieren
morir por no sufrir, y que no mueren.
Silvina Ocampo, poeta argentina nacida en Buenos Aires en 1903. Desde pequeña estudió pintura y mostró inclinación por la poesía, gracias a la marcada tradición cultural de su familia y a la trayectoria de su hermana Victoria Ocampo quien la vinculó al mundo literario. Por conducto de Jorge Luis Borges con quien la unió una gran amistad, conoció a su marido, el escritor Adolfo Bioy Casares. A su primera publicación poética, «Enumeración de la patria» en 1942, le siguieron «Espacios métricos» en1945, «Poemas de amor desesperado» en 1949 y «Los nombres» en1953. Incursionó con mucho éxito en el cuento, la novela y la literatura fantástica, regresando a la poesía en 1962 con «Lo amargo por dulce» y en 1972 con «Amarillo celeste». Luego publicó «Árboles de Buenos Aires» en 1979 y su antología, «Las reglas del secreto» en 1991. Obtuvo numerosos premios nacionales entre los que se destacan el Gran Premio Nacional de Literatura en dos ocasiones, el Premio Nacional de Poesía, la Faja de Honor de la Sociedad Argentina de Escritores y varios galardones municipales. Murió en Buenos Aires en 1994. (texto de Enfocarte)
"Es extraño, porque se toman como pruebas de que estuviste
ahí. Se toman fotos de todos los lugares a los que se va sin observarlos en realidad. Creo en la experiencia del viaje, no en la del turismo." Gregory Colbert
La memoria sobre la lente. Para todos lo demás, comprate una postal.
(por supuesto la gran mayoría, sino es que todos, irán al "Museo" sólo para la foto de recuerdo... quizá yo también.)
Rafael Tobias

A partir de ti me hice traveler y contigo huí. Tu no lo sabes, pero yo te escondí debajo del abrigo aquella noche de invierno. Salí de Lavalle rumbo a Ezeiza y dejando Palermo, con lágrimas en los ojos entendí que alguien me deletreaba. Por fin lo supe, lo sentí. Y por eso te lleve conmigo; como poder dejarte. Tenías que ver el mundo y darte cuenta a través de mis ojos de lo linda que eras.
Mi Buenos Aires, me hiciste traveler. Me hiciste descubrir esa alma de pirata escondida en mis entrañas que más allá de mi, e incluso sin preguntarme, me incita a emprender el viaje nuevamente, cuando la calma ha llegado de vuelta a mis días y yo no puedo más que seguir queriendo conocer el mundo.
Quien iba a pensar que aun con esa particularidad viajera que despertaste en mi, me vería tan ingrata como para olvidarte ocho años. Como para suspenderte en el aire de mi memoria.
Sin embargo, siempre estuviste conmigo, y ahora que vuelvo es como si yo aun siguiera en ti. Me atraviesan las venas tus calles, la milonga de tus avenidas, el tango de tus callejones. En el sabor están los alfajores y un buen vino acompañado de inquietantes y ricas charlas. Por mis ojos veo mis años dulces, las horas largas del colegio, las faldas a cuadros y el timbre que dejaba escapar todo misterio, haciéndose tardes de te, noches de fiesta. En mis manos están tus brisas, tus tormentas ingratas, tus fríos y ese cielo azul que alcance tantas veces y que deja que toda luz aparezca de cualquier obscuro. Por mi nariz, los ritmos de mi andar que regresan en olores a albahaca, mate curado y masitas recién hechas.
Y ahí estaba yo ahora, nuevamente en ti, viendo la sombra de mi antigua esencia corriendo por Libertador, caminando en Puerto Madero, saboreando un helado Freddo que me parece sabía a dulce de leche. No podía dejar de verme, de taxi en taxi, por la salida del subte, esperando el colectivo. Frente al obelisco, en el Reloj Ingles, en el Tigre y la Costanera. Durante la tarde… caminando por las Heras. Otra vez en Recoleta, justo a lado de Evita, soñando con un cortado y pidiendo mejor una lagrima en la Biela. Que vieja la gente de la Biela, ¿me estaré haciendo vieja yo también?
Otra vez, atravesando Salguero, deseando Alcorta, llegando a Bulnes, buscando Rufino de Elizalde, para darme cuenta de que mi viejo apartamento estaba ocupado. ¿Cómo puede estar ocupado? Si yo me quede ahí, todo este tiempo, ahí he estado, fiel, siempre. O más bien tu conmigo, en nostalgias. Tu con tu corazón en mi mano y yo con el recuerdo de los años, de la gente que hoy tanto quiero, del haberte descubierto, de haberme hecho un sitio en ti.
Y ahora que soy traveler y que me enamore de Cortazar queriendo ser Maga, que juego a Oliveira entre cronopios, que brinco de rayuela en rayuela esperando que un Borges descubra quien soy, te reconozco tibia en verano y eterna en invierno. Y me se. Y me creo. Y si resulta vanidosa mi sapiencia, en realidad no puede importarme menos. Ahora sabes ya lo linda que eres, y lo sabes a través de mi y de mis ojos. Ahora se yo que no debí suspenderte en mi memoria y que parte de mi se encuentra solo a través tuyo. Quien intente conocerme tendrá que conocerte a ti en algún momento. Y al final de los recuerdos estaremos tu, yo, tal vez todos.
Viente u ocho años, mi Porteña, lo sabes bien, no es nada.
"¿Será acaso que la Mostra sea tan esnobista como para no hacer alusión a un año que termina y a otro que comienza? El almanaque civil obliga a no permanecer indiferente, después de todo no nos pretendemos por encima del tiempo del que estamos hechos ni tampoco de la civilización que a todos los festejos da pretexto, santos y comida típica."
Serie: Retratos de Maria Font (II)
Este fin de semana acompañé a Maria Font a un museo. El lector podrá detenerse en este punto y pensar que lo que viene es la derrama de romanticismo decimonónico que en pluma de un posmoderno es tan fatigosa como una tarta de pueblo en algún quince años merenguero. Pero no es el caso por el momento. Maria Font merece un poema que todavía no termina de suceder (los poemas para escribirse primero tienen que suceder). Así que guardo la crónica del fin de semana que me regaló y aprovecho el espacio que ya se abrió en su curiosidad para algunos apuntes sobre la gente que va a los museos.
Abomino lo vulgar. Y pocas cosas denotan más vulgaridad que estar ante lo sublime y no darse cuenta (la frase no es mía pero como si lo fuera). En ese sentido, a veces pienso que los museos son monumentos a la paradoja de la condición humana: Se expone lo mejor de la civilización y asiste lo peor de la misma. Y lo peor no es la ignorancia, sino las ganas de entretenerse sin cultivarse; la masa que asiste si muchos asisten; el deseo frenético de la foto del recuerdo sin recuerdo.
La obra de arte es cíclope para algunos y caleidoscopio para otros. Los colores o hipnotizan o marean. Las formas o causan vértigo o dan sueño. Los espacios entre cada marco o pedestal recuerdan los abismos insondables del alma humana, o los callos de unos zapatos que no fueron hechos para caminar.
Por eso a veces me sorprende gente que lee pocos letreros y mira demasiado a las obras. Y no me refiero a quedarse viendo un letrero horas en alguna pretenciosa galería para que luego te indiquen que solo es el baño. De quien hablo es de los que miran admirando los detalles, pues saben que en los detalles esta el corazón de todo arte… o no está.
El colmo de lo cursi sería decir que con las personas es lo mismo. Pero ustedes perdonarán que lo afirme, porque este texto, en realidad, no es sobre arte, ni sobre los museos, tampoco de mi esnobismo o mi vasconcelismo adulterado. Es sobre Maria Font, aunque no lo parezca, aunque todo lo demás -el mundo y yo mismo- seamos mero pretexto.
Rafael Tobias