jueves, junio 21, 2012

El marqués de Valfierno: ladrón refinado


Cuando estuvo seguro de que el museo había quedado cerrado y que ya no había nadie en todo el palacio, Vincenzo Perugia, miembro de la cuadrilla de mantenimiento del museo del Louvre, salió de su escondite y se dirigió a la sala dedicada al arte de los grandes maestros del Renacimiento.  Sin mucho preámbulo, se acercó al cuadro que representaba a la mujer de la rara sonrisa y, ayudándose de ciertas herramientas que había preparado para el efecto, desprendió el pedazo de madera del marco con harto cuidado y se lo puso bajo el brazo para empezar a caminar rumbo a la salida que daba a la calle de Rivoli, por donde salió con toda tranquilidad. 

Al día siguiente los cafés bullían, los repartidores de periódicos gritaban escandalosamente y con profusión de aspavientos y la gente se detenía en las calles para cuchichear.  Nadie hablaba de otra cosa en París: la Mona Lisa, el cuadro más famoso de Leonardo da Vinci, acababa de ser robado.

Entre los años de 1503 y 1506 vivía en la Toscana un rico comerciante llamado Francesco del Giocondo, quien encargó a Leonardo da Vinci una pintura de su mujer, Lisa Gherardini; alguien que empezaba a encumbrarse en sociedad tenía que dejar algún vestigio de su riqueza para las futuras generaciones, y una pintura de la esposa era, además, señal de sofisticación y de buen gusto.  Lo que el señor del Giocondo no sabía – y que nosotros tampoco entendemos – era que el maestro pintor no entregaría nunca la obra: el retrato de la señora Gherardini estaba destinado a viajar.

La Mona Lisa o Joconde – como se le llama en francés –, es el cuadro más conocido del mundo.  Su renombre obedece a muchos factores.  Este óleo sobre madera – alegan algunos expertos – representa el culmen de una multiplicidad de esfuerzos por lograr el verdadero retrato renacentista; son notables su calidad artística y la maestría en el uso de las técnicas del claroscuro y el sfumato, pero también han fascinado a generaciones el enigma entorno a la sonrisa de la modelo y la serie de especulaciones acerca de la verdadera identidad de la retratada.  Además de todo, la historia de su desaparición no dejará nunca de sorprendernos.

Eduardo de Valfierno, el aristócrata argentino que se inventara a sí mismo, había pasado los últimos meses de ese año de 1911 ideando un plan fantástico que le permitiría enriquecerse sin mucho trabajo.  Luego de afinar detalles y de estar seguro de que todo estaba pensado y considerado, procedió a concretar: contrató a un copista para que hiciera seis reproducciones perfectas de la Joconde, y cuando estas estuvieron listas contactó a un empleado del museo del Louvre para encargarle que robara el cuadro y se lo entregara.  Cuando los medios de comunicación empezaron a difundir la escandalosa noticia del extravío de la famosa pintura, Valfierno se puso en comunicación con seis ricos coleccionistas de arte de distintas partes del mundo y les ofreció el cuadro.

Aparentemente, el astuto estafador logró vender todas las obras como si cada una de ellas fuera la original.  De boca en boca ha pasado la noticia de que Valfierno, a quien no le interesaba exponerse demasiado, nunca volvió a buscar al italiano.

Por su lado Perugia, que había pasado varias semanas esperando noticias del marqués sudamericano, se regresó a Italia para tratar de vender la obra.  Luego de varios intentos que no le arrojaron ningún resultado, se acercó con el director de la Galleria degli Uffizi, en Florencia, para que le comprara la pintura.  Fue precisamente este hombre quien dio parte a la policía. 

Algunos días después, en una oscura comisaría de policía italiana, Vincenzo Perugia se frotaba las manos – víctima de un comprensible nerviosismo – mientras era interrogado por un inspector.  Sentado en un banquillo, con la misma levita añeja de días pasados, la camisa de cuello de paloma percudida en los puños y la mal atada corbata de pretensiones burguesas, Perugia cruzaba y descruzaba las piernas.  Algunos, dicen, lo consideran un héroe.  En su declaración, el hombre que había salido campante del museo más importante del mundo con una de las pinturas más trascendentes de la historia acomodada bajo el brazo, alegó que había robado la pintura para regresarla a su patria, de donde había sido injustamente arrancada cuatrocientos años antes.
Maclovio Colunga, 2011.

2 comentarios:

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